martes, 29 de enero de 2008

Creatividad en la educación: educación para transformar

Educar en la creatividad


Educar en la creatividad es educar para el cambio y formar personas ricas en originalidad, flexibilidad, visión futura, iniciativa, confianza; personas amantes de los riesgos y listas para afrontar lo obstáculos y problemas que se les van presentado en su vida escolar y cotidiana. Además, educar en la creatividad es ofrecer herramientas para la innovación.


La creatividad se puede desarrollar por medio del proceso educativo, favoreciendo potencialidades y consiguiendo una mejor utilización de los recursos individuales y grupales dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje. Siguiendo con estas ideas, no pudiéramos hablar de una educación creativa sin mencionar la importancia de una atmósfera creativa que propicie el pensar reflexivo y creativo en el salón de clase.


La concepción acerca de una educación creativa parte del planteamiento de que la creatividad está ligada a todos los ámbitos de la actividad humana y es el producto de un devenir histórico social determinado. Siguiendo con esta manera de pensar tendríamos que partir de un concepto de creatividad acorde con los planteamientos anteriores, que bien podría ser el siguiente:


Creatividad es el potencial humano integrado por componentes cognoscitivos, afectivos, intelectuales y volitivos, que a través de una atmósfera creativa se pone de manifiesto para generar productos novedosos y de gran valor social y comunicarlos, transcendiendo en determinados momentos el contexto histórico social en el que se vive. Este concepto integracionista plantea una interrelación dialéctica de las dimensiones básicas con que frecuentemente se ha definido la creatividad de manera unilateral: persona, proceso, producto y medio.


Por otro lado, este educar en la creatividad implica el amor por el cambio. Es necesario propiciar, por medio de una atmósfera de libertad psicológica y un profundo humanismo que se manifieste la creatividad de los alumnos, al menos el sentido de ser capaces de enfrentarse con lo nuevo y darle respuesta. Además hay que enseñar a no temer el cambio, sino que más bien, el cambio puede provocar gusto y disfrute.


Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que una educación creativa es una educación para el desarrollo y la auto-realización. En ésta no solamente resulta valioso el aprendizaje de nuevas habilidades y estrategias de trabajo, sino también el des-aprendizaje de una serie de actitudes que en determinados momentos nos llenan de candados psicológicos para ser creativos o para permitir que otros lo sean.
Julian Betancourt Morejon
Director del Centro de Estudios e Investigaciones de Creatividad Aplicada
Guadalajara, Jalisco - México
Texto completo en : http://www.psicologiacientifica.com/bv/psicologia-183-1-creatividad-en-la-educacion-educacion-para-transformar.html

jueves, 17 de enero de 2008

Interrogantes sobre la subjetividad adolescente.

Qué se pone en juego desde el lugar adolescente en términos de apropiación, en el sentido de tomar aquello que está dado para crear algo propio. Qué condiciones del contexto socio/cultural representado por el ámbito escolar, constituyen marcas de inscripción para los adolescentes, y cuáles de estas significaciones son las privilegiadas en la relación que establecen con dicho espacio.

¿Cómo se vinculan los adolescentes con la institución escolar? ¿Qué pistas puede aportar el discurso pedagógico para pensar en la constitución subjetiva adolescente? ¿Lo afecta como discurso la identificación establecida por la modernidad entre los procesos de socialización y subjetivación? ¿Se produce continuidad entre ambos procesos? Estas preguntas se han constituido en problema dentro del marco de investigación de un grupo de investigadores de la Universidad Nacional del Sur (Argentina): Borel, Legarte, Fabrizi, Negrete, Sassi, Stasevicius y Yastabitzky. [1]

El adolescente debe poder encontrar un punto de anclaje, un soporte simbólico, un marco, un referente para poder vivir y lograr una inserción social. Juega un lugar primordial en este proceso, entre diversas instituciones sociales, la escuela.

En tal sentido, la escuela, desde la transmisión cultural, funcionaría como instituyente de marca psíquica y articulador de los jóvenes con el mundo.

Los tiempos adolescentes son tiempos de reorganización subjetiva, por lo que entendemos a la institución escolar como instituyente y representante del Otro social.

Desde el discurso pedagógico, reconocemos que se ha intentado establecer una cierta estructura reglada; que al poner orden, clasifica, que al exigir uniformidad y regularidad, desconoce, por tanto, lo subjetivo, disímil, único. Ese discurso ha pretendido regirse por criterios de utilidad, eficacia, planteando logros o productos a conseguir a partir de la transmisión de la cultura. Se hace referencia al discurso pedagógico moderno, que se inscribe en un proyecto ilustrado, que responde a un fundamento incondicional, la razón humana, inmutable e incontrovertible, determinista del devenir, omnipotente. Proyecto que exige, para ser tal, previsión, cálculo, control, dominio sin fisuras.

El discurso pedagógico se cuestiona al reflexionar sobre el sujeto `universal´ moderno, teórico, que entra en crisis junto con la idea misma de progreso. Sin pretensiones `narcisistas´ de completud, de universalidad y disciplinamiento. Sujeto y discurso que, al testimoniar la posible y de pretender otra racionalidad, sin aspirar a evitar la falta constitutiva del ser y asumiendo que no todo puede decirse.

¿Cuál es el objeto de ese discurso? La educación, la cual se instituye como escuela para mediar normativamente en la formación de sujetos pedagógicos. Se plantean las relaciones entre la escuela, como institución, y la educación, como mediación. Institución y mediación refieren a los espacios sociales y a los procesos históricos, donde se desarrolla la subjetividad, porque sin ellas nadie llega a ser sujeto.

¿Qué es lo transmisible del discurso pedagógico y es qué lo que se pierde en esa transmisión? ¿Cómo se posiciona frente al deseo y a lo que no nombra? ¿Se asume inscripto en el campo del lenguaje, y, por tanto, contaminado por sus faltas? ¿Reconoce que hay efectos `educativos´ que no alcanza a teorizar?

Por otra parte, al recuperar los conceptos fundamentales del psicoanálisis, cabe preguntarnos ¿de qué sujeto hablamos en psicoanálisis? El propósito es recortar la noción de subjetividad como construcción social, de la noción de sujeto aportada por el psicoanálisis, que lo ubica como efecto de una estructura simbólica en tanto modo singular de respuesta. No es la mera persona, no es el yo consistente de la psicología de conciencia. El sujeto para el psicoanálisis es un efecto, una producción; es evanescente en tanto básicamente se trata del sujeto del inconsciente, del sujeto del deseo.

¿Cómo se entiende el sujeto adolescente? La Adolescencia es metáfora de una metamorfosis corporal; lo real adviene como irrupción somática e impone tareas de elaboración psíquica: tiempos de pérdida y angustia, de resignificación y construcción de un nuevo armado fantasmático que ofrezca suelo al nuevo posicionamiento.

La constitución subjetiva adolescente implica tiempos de apropiación del capital cultural de toda sociedad. Este proceso es a doble vía: por un lado la sociedad impone determinados mandatos (y la escuela es una de las instancias legitimadas para la transmisión de los mismos) y por otro, la posibilidad del adolescente de ejercer transformaciones sobre tales mandatos.

Y continúan los interrogantes ¿sólo se plantean desde la institución escolar los procesos de constitución de un sujeto `socialmente aceptable’? ¿se pierde lo `particular del sujeto’ en estos procesos? o, dicho de otra forma ¿es que necesariamente la incorporación de los sujetos a su época se realizará mediante una transmisión y adquisición de los recursos culturales que llevarán el signo de la adaptación y la pasividad? ¿Opera la transmisión como una instancia de obturación o de apertura del sujeto?

A partir de pensar los tiempos adolescentes vinculados a la función de la escuela y de concebir a la adolescencia en términos de subjetividad, pensamos el contexto social como condición de posibilidad y a la vez tope y malestar. Es en esta brecha en donde formulamos la no complementariedad entre sujeto, subjetividad y contexto social.

Desde que nacemos nos empapamos y nos constituimos como sujetos desde un orden social que nos preexiste y determina. Por lo tanto, la subjetividad no puede desvincularse de la cultura, del contexto social, pensados como estructurantes de la misma. Cada sociedad condicionada por el tiempo y por el espacio promueve formas de subjetividad y de respuestas por parte de los hombres según sus ideales, valores, representaciones etc. Asimismo cada contexto sociocultural brinda discursos generadores de determinados tipos de subjetividad (que cambia de cultura en cultura y se modifica a través del tiempo).

Desde el discurso social se plantea un modelo de hombre a seguir, desde exigencias, metas, a las cuales los integrantes de la sociedad se tienen que amoldar. El discurso hegemónico propone individuos exitosos, que no sufren, sin carencias, omnipotentes. Esto implica un malestar.

Malestar en la cultura es el aporte freudiano, noción que usamos para pensar el contexto social. Freud (1930) sostiene que el malestar en la cultura es estructural, surge del conflicto entre las exigencias pulsionales y las pautas culturales que establece la sociedad. Este malestar va a adoptar características particulares en una sociedad y en un momento histórico determinado y está presente en todos los vínculos humanos.

Malestar que se refiere a la renuncia a cambio de protección.

Existe una ilusión de pensar la constitución subjetiva desde el deber ser.

Subjetividad de la época hace referencia a los atravesamientos sociales, históricos, económicos. Estamos en un mundo caracterizado por el culto de la inmediatez de la imagen y de los actos, tiempos del “llame ya”, tiempo de automatismos y de ausencia de elecciones precedidas por la reflexión, tiempo de temor al intervalo.

¿Que le demanda la sociedad a los adolescentes? Demanda manifiesta, frontal, oculta, bajo reclamos y mandatos. Y ¿qué oferta esta sociedad?

En términos de lugares, rótulos, identidades.

El sujeto del psicoanálisis no es un “universal”, sino que designa en cada caso el modo particular gracias al cual cada sujeto organiza su modo de relación con respecto al deseo.

A partir del descubrimiento del inconsciente, el “sujeto ideal” en tanto “sujeto del conocimiento”, origen de todas las representaciones y conocimientos postulado por la ciencia en general (y en particular por el discurso pedagógico) será subvertido. El sujeto abordado por el psicoanálisis tiene que ver con el sujeto del inconsciente, dividido, que no se termina de constituir, que se forma y constituye en situaciones concretas que dejan marca y que se resignifican a lo largo de toda la vida. Esta noción de sujeto no es ontológica, sino topológica; implica un lugar o posición vinculado a un orden simbólico que pre-existe: el lenguaje. La legalidad que establece el lenguaje funda una intersubjetividad.

Ahora bien ¿cómo se vinculan los tiempos adolescentes con la institución escolar? La escuela, desde la transmisión cultural, funcionaría entonces como articulador de los jóvenes con el mundo. A su vez, el imaginario adolescente genera cultura propia y posibilita espacios de creación. […] la cuestión del espacio y la arquitectura escolar como dispositivos productores de subjetividades, reguladores de los comportamientos y expectativas de los sujetos, habilitadores de distintas experiencias en los sujetos que integran la institución escolar.

Pero ¿cómo se constituye históricamente la escuela? ¿Qué fines estuvo llamada a cumplir? ¿Qué discursos legitimaron su creación? A finales del siglo XIX, en el occidente moderno “el Estado asume la responsabilidad sobre la tarea de educar al ciudadano y concreta el proceso civilizatorio a través de la construcción de sistemas educativos” (Narodowsky y Carriego, 2006:14). La institución escolar se constituye, a partir de allí, como un dispositivo para encerrar a la niñez y la adolescencia desde el punto de vista topológico o corpóreo -encierro material- y también desde una perspectiva epistémica -desde las categorías conceptuales elaboradas por el discurso pedagógico.

Para ese discurso, la escuela adquiere legitimidad social al ser pensada en clave disciplinaria. La vida social era, en tiempos pretéritos, efecto de vida institucional, se armaba en relación con la operatoria de ley, que regulaba los intercambios y conductas de los sujetos y los inscribía en su nombre. Los sujetos eran nombrados por las diversas figuras de la ley: hijos, alumnos, estudiantes, profesores, padres, trabajadores; nombres que contienen toda una serie de permisos y prohibiciones. “Ser adulto en la forma que fuera (padre, maestro) suponía ocupar un lugar en torno de la ley –el lugar del portador- y ser niño, joven, hijo o alumno, asumir un lugar complementario” (Duschatzky, 2003:45).

A su vez, desde el lugar adolescente, la posibilidad de enunciar un proyecto identificatorio tiene que ver con la posibilidad de una salida al mundo exogámico, con el lugar que la “cultura” y el “campo social” puedan ofertar. En este sentido, Aulagnier (1994) otorga al conjunto social un estatuto constitutivo para el sujeto. Esto no significa postular la “influencia” o el modo en que lo social se manifiesta en este sujeto particular, sino que esta inscripción de lo social forma parte indisoluble y estructurante de cada subjetividad.

En este sentido, el sujeto se va produciendo en la medida que organiza sus experiencias dentro de “redes de experiencias”, no puede ser externo a la estructura social, ni acomodarse a la misma, sino que la construye. Por otra parte la estructura cambia, nunca se completa.

“A esta compleja lógica por la cual la estructura es “completada” (reescrita) por los sentidos, le corresponde la imagen de un sujeto que al atribuir significados al mundo tiene un campo de decisiones que tomar. Estas decisiones no siempre son racionales, ni concientes, pero produce en relación con las estructuras pero no depende totalmente de ellas” (Caruso y Dussel, 2001: 38-39).

Siguiendo este razonamiento, la escuela como institución social representa un campo social de fuerte contenido constitutivo en la subjetividad adolescente, subjetividad que, el discurso pedagógico nombra desde el lugar `alumno´.

¿Y cómo se construye esa categoría conceptual `alumno´ en el discurso pedagógico? ¿Qué lugar ocupa el alumno como sujeto en la relación pedagógica? ¿Es sujeto el alumno? Ser alumno constituye “un espacio de inscripción de saberes y poderes; un cuerpo inerme que debe ser formado, disciplinado, educado, [...] ser alumno no era otra cosa que ser un cuerpo en manos de un educador” (Narodowski, 1999:42).

[…] la constitución subjetiva adolescente implica tiempos de apropiación del capital cultural de la sociedad. Son tiempos de reorganización subjetiva, por esto interesa investigar qué efectos producen las prácticas escolares en los adolescentes, qué experiencias resultan significativas para ellos, en particular las vinculadas a los modos de apropiación de los espacios y de las condiciones materiales que la escuela propone para ser habitadas.

“Resulta que el espacio, una construcción social, jamás es neutro, sino que recoge, en su configuración como territorio y lugar, signos, símbolos y huellas de la condición y de las relaciones sociales de quienes lo habitan y entre quienes lo habitan. El espacio comunica; muestra a quien sabe leer, el empleo que el ser humano hace de él” (Veiga-Neto, 2000:201).

A lo largo de la historia, desde distintas disciplinas y áreas del quehacer humano, se fueron forjando los rasgos físicos que hoy nos permiten distinguir una escuela de cualquier otro edificio: la entrada, el mástil, las aulas, el pizarrón, los bancos. También se consolidaron muchas acciones que, más allá de sus objetivos específicos, se vinculan con el uso de esos espacios: ir a la bandera, salir al recreo, pasar al frente, formar fila, subir al escenario, reunirse en grupos. Así la escuela, como espacio organizado, como conjunto de reglas y recursos, se ha constituido en una realidad objetiva que modela las prácticas de los sujetos que la habitan en orden a una finalidad específica.

En este sentido, entendemos el “espacio escolar” como construcción histórica y social, como campo de lucha y trama de poderes, efecto de múltiples atravesamientos sociales e históricos, cuya dinámica institucional se va entretejiendo en las relaciones entre docentes, alumnos y circulación del saber que genera procesos de socialización y mediación; espacio educativo, laboral y de conformación de subjetividades que contempla o excluye la diversidad social y cultural; donde se juegan múltiples tendencias a la reproducción y a la transformación; donde también se evidencia el interjuego entre lo establecido e instituido y aquellas fuerzas que luchas por instituirse.

“La institución escolar deja de ser un receptáculo en el que sólo se distribuyen saberes provenientes de otros ámbitos, deja de ser considerada como una forma que sólo acompaña al contenido. Hoy se sabe que la escuela no sólo distribuye saberes, sino que los produce. Hoy se sabe que la institución no es una variable contextual en el proceso de transmisión del conocimiento, sino que la escuela lo define” (Gvirtz, 2000:10-11).

Para seguir pensando:

“Los tiempos actuales nos enfrentan a producciones de subjetividad que no se dejan explicitar desde la perspectiva paterno-filial o desde las operaciones instituidas, sostenidas en el principio de la ley, y en consecuencia demandan nuevas claves de pensamiento capaces de designar lo que acontece” (Duschatzky, 2003).



[1] El trabajo fue presentado en el Cuarto Congreso Nacional y Segundo Internacional de Investigación Educativa y cuyo texto completo podrá ser consultado si se visita la página Web: http://face.uncoma.edu.ar/investigacion/congreso/articulos/area%202/t189%20-%20borel%20y%20otros%20-%20ponencia.pdf

jueves, 10 de enero de 2008

Escuela y cultura: una relación conflictiva

Adaptación
Juan Carlos Tedesco en el libro 'Escuela y cultura: una relación conflictiva', publicado por IIPE-BUENOS AIRES Sede Regional del Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación Buenos Aires en (ABRIL DEL 2000) enuncia que 'Las relaciones entre escuela y cultura siempre han sido relaciones tensas y conflictivas'.
Desde el sentido común de los educadores y de algunos sectores de la opinión pública, se sostiene la necesidad de armonizar las propuestas de ambas dimensiones o, más concretamente, que la escuela se adapte a los requerimientos y pautas de la cultura popular. Nuestra hipótesis, en cambio, consiste en sostener que sólo en un marco de tensión y conflicto es posible que la relación entre escuela y cultura sea una relación socialmente significativa.
Para comprender este fenómeno, es necesario partir de un análisis histórico. Sin esta visión retrospectiva, es difícil comprender tanto la situación actual como las perspectivas futuras. En definitiva, la escuela constituye, ella misma, un producto histórico y, como tal, es una forma específica de resolver el problema de la transmisión del patrimonio cultural de una sociedad a sus futuras generaciones.
El texto está dividido en tres partes. En la primera se analizan las relaciones entre escuela y cultura en la sociedad industrial; en la segunda se intenta describir los cambios que se producen actualmente en el marco de lo que ha dado en llamarse “sociedad del conocimiento” y en la tercera se presentan algunas ideas con respecto a las consecuencias pedagógicas del vínculo entre escuela y cultura, que pueden estimular ciertas estrategias de acción.
Numerosos análisis históricos han mostrado que la escuela obligatoria, universal, gratuita y laica, es un producto de la sociedad capitalista industrial. Esta escuela se organizó en un sistema de tipo piramidal, semejante al de las grandes organizaciones industriales. Sintéticamente expuesto, el sistema educativo estaba concebido como una organización para la distribución social de los conocimientos según el cual la masa de la población tenía acceso sólo a un mínimo de enseñanza básica que garantizaba la homogeneidad cultural de la sociedad, y una elite accedía a las expresiones más elaboradas y al dominio de los instrumentos que permitían cierto nivel de creación del conocimiento. Como la operación fundamental era la reproducción del conocimiento y de los modelos para vincularse con él, la didáctica se basaba en la copia, la repetición y la observación. El maestro representaba la figura central del proceso de aprendizaje, que poseía tanto los conocimientos que se transmitían como la autoridad que los legitimaba.
Pero esos mismos análisis históricos nos muestran que la expansión de la escuela como institución obligatoria y universal provocó una ruptura profunda con las pautas que regían la socialización primaria familiar y la socialización que brindaba la comunidad de origen. En este sentido, la expansión escolar que tuvo lugar particularmente en los comienzos de la modernización capitalista, puede ser concebida como un fenómeno que se acerca a lo que la teoría de la socialización tipifica como acciones de reconversión social. Desde este punto de vista, es preciso recordar que la propuesta cultural de la escuela obligatoria y universal tenía dos características básicas:
(i) la cultura escolar reproducía el orden ideológicamente dominante pero, (ii) este orden representaba una modificación sustancial de las pautas particularistas tradicionales, que dominaban los procesos de socialización pre-industriales, basados en la familia y la Iglesia.
Dicho en otros términos, la escuela tuvo que conquistar, generalmente en forma conflictiva, un espacio de acción pedagógica que estaba ocupado por otras instituciones.
Al contrario de las instituciones socializadoras tradicionales como la familia y la Iglesia, la escuela representaba la acción del Estado y, en ese sentido, su organización y su oferta de contenidos culturales eran decididos independientemente de las demandas particulares de cada sector.
Los conflictos entre la Iglesia Católica y el Estado con respecto al laicismo escolar constituyen el indicador más importante de este fenómeno.
La peculiaridad de la situación de los países de industrialización tardía, como son la mayoría de los países de América Latina, radica en que la cultura escolar comenzó a masificarse cuando ya había adquirido las características de una cultura empobrecida y aislada. En este sentido, la situación de América Latina – con diferencias importantes entre los países de expansión educativa temprana, como Argentina, Uruguay, Chile y Costa Rica y el resto - se caracterizó por la expansión de un tipo de escuela que difundía un modelo que exigía un capital cultural que los sectores populares no poseían pero que, además, estaba lejos de representar un acceso efectivo a la comprensión del mundo y de la sociedad.
Este breve y esquemático balance histórico permite apreciar que la escuela constituyó, desde su origen, un ámbito relativamente “artificial” de socialización cultural. La validez de la oferta cultural de la escuela no radica, por lo tanto, en su adecuación a la cultura externa, popular o no, sino en el significado social de los contenidos que ella transmite. La escuela obligatoria y universal, la escuela laica de la ley 1420, la escuela “sarmientina” - para decirlo en términos de su principal representante en Argentina -, era una escuela que se proponía difundir contenidos,
pautas de conducta, valores y actitudes que estaban lejos (y en muchos casos eran antagónicos) con los valores y pautas culturales de la población a la cual atendía. Este carácter “contracultural” de la escuela tuvo, al menos, dos sentidos principales:
(i) En términos políticos, expresaba la voluntad hegemónica de los sectores sociales que lideraban el proceso de modernización industrial capitalista.
(ii) En el mismo movimiento de imposición cultural dominante, la expansión de la escuela implicaba brindar a los sectores populares un conjunto de herramientas (lectura, escritura, cálculo, etc.) que permitían un desarrollo personal y social muy significativo.
En la actualidad, las cosas han cambiado profundamente. El capitalismo industrial era inclusivo y para ello debía tener un pensamiento hegemónico. El nuevo capitalismo, modifica profundamente tanto los patrones culturales del pasado como las instituciones responsables de la producción y la distribución de cultura.
En el capitalismo industrial, la cultura se basaba en instituciones que funcionaban sobre la base de la lógica de la oferta. La escuela - y también la TV general - estaban basadas en ofrecer a todos un mismo producto y esta oferta tenía, por eso, un fuerte poder homogeneizador. En esta lógica y en este poder se expresaba la voluntad hegemónica de los sectores dominantes. Los nuevos mecanismos culturales, en cambio, se basan en la lógica de la demanda. Internet, la TV por cable (y la escuela basada en los mecanismos de responder a las demandas del “alumno-cliente”), invierten el esquema anterior y, en ese sentido, expresan la escasa voluntad hegemónica del nuevo capitalismo, al cual no le interesa incluir a todos en un esquema único.
En este nuevo capitalismo, la cultura popular o « masiva » se produce cada vez más a través de industrias que responden a la lógica del mercado y del beneficio. (Jeremy. Rifkin La era del acceso. La revolución de la nueva economía. Buenos Aires, Paidos, 2000).
A diferencia de la cultura popular de
la sociedad industrial, que se producía en el seno de la comunidad, de la clase social o del grupo profesional, la cultura popular actual está mucho más asociada directamente a las industrias culturales. La escuela pública, obligatoria, gratuita, no responde a esta lógica y de allí la desconfianza o la falta de interés en su desarrollo.
A partir de este análisis, tal vez demasiado general y teórico, [...] el punto central en el cual quisiera concentrar estas reflexiones consiste en postular que la función de la escuela en relación a la cultura consiste en la formación del núcleo estable, de los marcos de referencia, que permitirán enfrentar los cambios permanentes a los cuales nos somete la producción cultural del nuevo capitalismo.
En el contexto cultural del nuevo capitalismo, la característica más importante es la concentración en el presente. Las transformaciones son tan profundas, que se viven como una ruptura con el pasado. No hay idea de continuidad histórica. [...] Todo se juega en el presente.
En un contexto de este tipo, el individuo está obligado permanentemente a elegir, a tomar decisiones frente a múltiples opciones y a informaciones cada vez más numerosas y cambiantes. Los marcos de referencia con los cuales cada persona procesa los mensajes que recibe se convierten, por ello, en el elemento central del desempeño ciudadano. Dichos marcos de referencia son tanto culturales como cognitivos.
Desde el punto de vista cultural, las informaciones y las opciones de conductas son procesadas a través de una serie de operaciones de identificación, de reconocimiento, de diferenciación, de adhesión o de rechazo, que suponen la existencia de un núcleo cultural básico, desde el cual es posible elegir y responder a los mensajes culturales.
Desde el punto de vista cognitivo sucede algo similar: el acceso a las informaciones provoca procesos de comparación, asociación, transferencia, etc. que dependen del desarrollo intelectual del sujeto. Cuando este núcleo cultural y cognitivo no está constituido o lo está muy débilmente, los riesgos de alienación y de dependencia aumentan considerablemente, ya que los medios de comunicación, particularmente la televisión, no han sido concebidos para formar este núcleo. La oferta de los medios de comunicación supone que los usuarios ya tienen las categorías y las capacidades de observación, de clasificación, de comparación, etc., necesarias para procesar e
interpretar el enorme caudal de datos que ellos ponen a nuestra disposición.
Cuáles debe ser los contenidos de este núcleo “duro” del desarrollo cognitivo y cultural y cómo se deciden, constituyen un motivo de debate muy importante. En realidad, el eje que divide las posiciones en este campo pasa por decidir si los contenidos de ese núcleo duro deben ser discutidos socialmente o deben ser decididos en forma individual y privada. En la medida que los aparatos culturales del pasado actuaban desde la oferta y en esa oferta el Estado tenía un papel preponderante, la discusión sobre el contenido de los marcos de referencia asumía cierto carácter público.
Las nuevas modalidades de producción cultural están, en cambio, basadas en tecnologías manejadas por grandes consorcios de empresas privadas que actúan siguiendo la lógica del beneficio a corto plazo y/o del control de las demandas de la población consumidora. El interrogante y el desafío que se abre en este nuevo contexto pasa por definir modalidades de participación alternativas al autoritarismo del control estatal y al individualismo a-social de la lógica privada.
Desde el punto de vista de los contenidos de los marcos de referencia, sería posible sintetizarlos en dos de los pilares de la educación del siglo XXI definidos en el informe de la comisión de la UNESCO presidida por Jacques Delors: aprender a aprender y aprender a vivir juntos (UNESCO. La educación encierra un tesoro. Informe para la UNESCO de la Comisión Internacional de Educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors. 1996).
[...] el desarrollo de esos pilares supone introducir en la escuela el desarrollo de experiencias que no se producen “naturalmente” en la vida externa a la escuela.
Aprender a aprender implica un esfuerzo de reflexión sobre las propias experiencias de aprendizaje que no pueden desarrollarse sin un guía, sin un modelo, sin un “acompañante cognitivo”, que sólo la actividad educativa organizada puede proporcionar. (Goery Delacôte Enseñar y aprender con nuevos métodos. La revolución cultural de la era electrónica. Barcelona, Gedisa, 1997).
Aprender a vivir juntos, por su parte, implica vivir experiencias de contacto con el diferente, experiencias de solidaridad, de respeto, de responsabilidad con respecto al otro, que la sociedad no proporciona naturalmente. La escuela puede, en este sentido, recuperar su función cultural a través del desarrollo de experiencias que no tienen lugar en la cultura externa. Dicho de otra manera, la escuela puede cumplir un papel cultural y social significativo si asume un cierto grado de tensión y conflicto con la cultura. Su papel no es “adecuarse” a la cultura popular, ni
tampoco, por supuesto, aislarse ni vaciarse de contenidos por la vía del empobrecimiento de los contenidos que ella transmite.

Se puede acceder al texto completo visitando:
http://www.iipe-buenosaires.org.ar/pdfs/escuela_y_cultura.pdf




miércoles, 9 de enero de 2008

Análisis sociológico de las relaciones entre la cultura escolar y las culturas subalternas

Carmen Nieves Pérez Sánchez ,indaga en los referentes culturales de dos grupos de adolescentes -alumnado del último curso de enseñanza obligatoria- de origen social subalterno, como fórmula para entender la promoción y/o exclusión escolar. 'Partiendo de un análisis sistemático sobre la naturaleza de la cultura, las funciones y características de la cultura escolar, y sobre los rasgos definitorios de la subalternidad social, sostenemos que las relaciones entre la cultura escolar y las culturas subalternas deben ser interpretadas por la distancia existente entre ellas. El análisis de las creencias, opiniones y prácticas del alumnado, desde un enfoque etnográfico, permite avanzar en una perspectiva sociológica centrada en la ambivalencia entre dos modelos teóricos: el de la reproducción cultural y el de la resistencia escolr. La investigación demuestra que el origen social y el género son variables de primera importancia en lo que significa comprender los procesos de identificación social y la estructuración de formas de pensar y actuar'.
Texto completo en ftp://tesis.bbtk.ull.es/ccssyhum/cs74.pdf


Diversidad cultural

"¿Por qué habríamos de preocuparnos menos por la diversidad de culturas humanas que por la diversidad de especies animales o vegetales? [Maaluf (1999)].
Es fácil mostrar que la diversidad de las contribuciones que los distintos pueblos han hecho en cualquier aspecto (agricultura, la cocina, la música…) constituye una riqueza para toda la humanidad.
Esta importancia dada a la diversidad cultural quedó reflejada en la Declaración Universal de la UNESCO sobre la diversidad cultural-2001 adoptada por la 31 reunión de la Conferencia General de UNESCO, celebrada en París el 2 de noviembre de 2001:
  • La cultura adquiere formas diversas a través del tiempo y del espacio. Esta diversidad se manifiesta en la originalidad y la pluralidad de las identidades que caracterizan los grupos y las sociedades que componen la humanidad. (Art. 1)
  • En nuestras sociedades cada vez más diversificadas, resulta indispensable garantizar una interacción armoniosa y una voluntad de convivir de personas y grupos con identidades culturales a un tiempo plurales, variadas y dinámicas. [...] Inseparable de un contexto democrático, el pluralismo cultural es propicio a los intercambios culturales y al desarrollo de las capacidades creadoras que alimentan la vida pública. ( Art. 2)
  • [...] es una de las fuentes del desarrollo, entendido no solamente en términos de crecimiento económico, sino también como medio de acceso a una existencia intelectual,
    afectiva, moral y espiritual satisfactoria. (Art. 3)
  • La defensa de la diversidad cultural es un imperativo ético, inseparable del respeto de la dignidad de la persona humana. (Art. 4)
  • Los derechos culturales son parte integrante de los derechos humanos, que son universales, indisociables e interdependientes. (Art. 5)
  • Al tiempo que se garantiza la libre circulación de las ideas mediante la palabra y la imagen, hay que procurar que todas las culturas puedan expresarse y darse a conocer. (Art. 6)
  • Toda creación tiene sus orígenes en las tradiciones culturales pero se desarrolla plenamente en contacto con otras. Esta es la razón por la cual el patrimonio, en todas sus formas, debe ser preservado, valorizado y transmitido a las generaciones futuras como testimonio de la experiencia y de las aspiraciones humanas, a fin de nutrir la creatividad en toda su diversidad e instaurar un verdadero diálogo entre las culturas. (Art. 7)
  • Frente a los cambios económicos y tecnológicos actuales, [...] en la medida en que son portadores de identidad, de valores y sentido, no deben ser considerados como mercancías o bienes de consumo... (Art. 8)
  • Las políticas culturales, en tanto que garantizan la libre circulación de las ideas y las obras, deben crear condiciones propicias para la producción y difusión de bienes y servicios culturales diversificados, gracias a industrias culturales que dispongan de medios para desarrollarse en los planos local y mundial. (Art. 9)
  • Ante los desequilibrios que se producen actualmente en los flujos e intercambios de bienes culturales a escala mundial, es necesario reforzar la cooperación y la solidaridad internacionales destinadas a permitir que todos los países, en particular los países en desarrollo y los países en transición, establezcan industrias culturales viables y competitivas en los planos nacional e internacional. (Art. 10)
  • Establecer relaciones de asociación entre el sector público, el sector privado
    y la sociedad civil (Art. 11)
Se trata de [...] elevar la diversidad cultural a la categoría de ‘Patrimonio común de la humanidad’ y erige su defensa en imperativo ético indisociable del respeto de la dignidad de la persona”.
Más información y textos completos en:
http://www.oei.es/decada/accion12.htm
http://unesdoc.unesco.org/images/0012/001271/127160m.pdf
http://www.oei.es/cultura.htm
http://www.rieoei.org/oeivirt/rie17a01.htm