La dificultad más importante al estudiar la identidad está relacionada con la categoría de subjetividad al decir de Napoleón Tapia Balladares[1]
Ovidio D´Angelo Hernández,(2004) comenta que ‘una de las recientes líneas principales de cambio de las concepciones de la dinámica social en la que los procesos de la subjetividad desempeñan un papel importante la constituye su interpretación desde la perspectiva de la complejidad. Agrega: ‘En el ámbito epistemológico, el culto a la objetividad que impuso el paradigma racionalista y positivista es cuestionado desde distintos ángulos. El problema de la “subjetividad versus objetividad” es tratado, como reacción paradigmática (y aún con excesos de énfasis hacia el primer polo) por corrientes fenomenológicas (E. Husserl) y existencialistas, sociológicas (algunos representantes del interaccionismo simbólico, del construccionismo social, etc), y psicológicas (énfasis subjetivista del humanismo abstracto y otras corrientes)’.
Actualmente, la solución a la relación dicotómica entre objetividad y subjetividad tiende a resolverse a través del concepto de intersubjetividad. Sin pretender abordar la cuestión en toda su amplitud y profundidad, podríamos afirmar que la subjetividad individual y social se construye en la interrelación entre el hombre y su contexto social y natural, en el marco de su actividad cotidiana. .
Toda la construcción condensada en la producción cultural (ideológica, espiritual y material) constituye el conjunto de prácticas, tradiciones, creencias, valores, sentimientos, estereotipos y representaciones, etc., que forman el sustrato de la subjetividad social, en el que la formación del sentido común cotidiano, las manifestaciones del inconsciente colectivo y la intencionalidad reflexiva de los sujetos sociales se expresan en los grados de autorrepresión o autonomía social que posibilita el contexto. El sujeto, al conocer, transforma y es transformado, concede significados, interpreta según estructuras preestablecidas y que él produce, y esta acción de “significación”, de “objetivación” , forma parte también de la realidad (Espina,Mayra 2002).
La subjetividad es una construcción histórico-cultural. Los procesos psíquicos superiores se forman durante el desarrollo del niño y se constituyen bajo la influencia de la educación, gracias al contacto con los adultos y a la asimilación de la experiencia acumulada por la humanidad. Éstos aparecen como formas del comportamiento exterior del niño que ejecuta las instrucciones del adulto y sólo después se convierten en formas complejas de la vida psíquica interior del hombre. Lo que durante siglos se consideró como formas originales de la vida del alma son construcciones realizadas por el proceso de la formación compleja de la actividad psíquica en la dinámica del desarrollo social del niño. (Vygotski; 1956)
Las disposiciones que se constituyen al nacer, producto también de una larga evolución biológica, requieren del desarrollo en el medio social, en el mundo de las cosas y de las relaciones humanas creadas por la historia social y el contacto con otros hombres.
Todo proceso es vivido primero como externo, en la relación con los otros y luego se internaliza (ley de desarrollo de los procesos psíquicos superiores, de Vigotsky) desde la construcción propia, de sentido, de cada individuo social, que se basa en mecanismos de identificación a partir de las vivencias significativas en la relación objetal e interpersonal, en procesos de introyección-represión-proyección -en el sentido psicoanalítico- y de la imaginación creadora –Castoriadis- e interpretación reflexiva de cada cual.
Este es, además un proceso de mediación con el mundo objetal y de relaciones humanas: “Los individuos se relacionan entre si no en forma directa, sino mediada. Mediada por las relaciones que establecen con objetos. Objetos que no son cosas (aunque las apreciemos como tales) sino el producto de la actividad de los individuos, y en tanto tales expresan la subjetividad socialmente existente y no son más que la cristalización del sistema de relaciones sociales que condiciona esa subjetividad social. Esos objetos, expresión de la intersubjetividad social, funcionan a al vez como elementos mediadores y condicionadores de esa intersubjetividad y de las subjetividades individuales.” ( Acanda J.L, 2002).
Los patrones de interacción social se construyen en relación con los procesos subjetivos concomitantes, que emergen mediados por la acción de mecanismos psicológicos de asimilación o interiorización (adaptación-defensa-acomodación) -Piaget-Vigotsky-Freud- para la construcción, modelación-imitación o apropiación creativa de la realidad.
Es en el marco de esta cuestión que adquiere relevancia la teoría sociopedagógica de Pierre Bourdieu, particularmente los conceptos de habitus, capital cultural y pedagogía racional.
La transmisión de la cultura se inicia en la familia; es la pedagogía familiar la que formará en el niño los primeros habitus, los que se constituirán en cimientos y génesis de toda construcción posterior.
Habitus es el concepto que permite articular lo individual y lo social, las estructuras internas de la subjetividad y las estructuras objetivas que constituyen el ambiente, esto es, las llamadas “condiciones materiales de la existencia” que pueden ser aprehendidas empíricamente bajo la forma de regularidades asociadas a un ambiente socialmente estructurado.
Al mismo tiempo, este concepto permite comprender que estas estructuras subjetivas y objetivas, lejos de ser extrañas por naturaleza, son dos estados de la misma realidad, de la misma historia colectiva que se deposita o inscribe a la vez en los cuerpos y en las cosas.
Entre las estructuras objetivas y las prácticas que realizan los agentes se encuentran los habitus, que son al mismo tiempo productos y productores de las estructuras. Los habitus se definen como sistemas de disposiciones duraderas, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, en tanto que principio de generación y estructuración de prácticas y representaciones que pueden estar objetivamente reguladas y ser regulares sin constituir, de ninguna manera, el producto de la obediencia a reglas; estar objetivamente adaptadas a una finalidad sin suponer una propuesta consciente de fines ni el dominio explícito de las operaciones necesarias para alcanzarlos. Todo ello hace que las prácticas y representaciones constituyan un conjunto colectivamente orquestado sin ser el producto de la acción organizadora de un director de orquesta. (Bourdieu; 1995)
Bourdieu asigna al concepto de habitus un gran poder generador; si bien la capacidad de engendrar prácticas se haya constituido históricamente, no es reductible por completo a sus condiciones de producción. Diferencia así este concepto de la noción de costumbre, entendiéndola como repetitiva, mecánica, automática, más reproductora que productora. El habitus no es, sin embargo, una especie de esencia ahistórica cuya existencia sería solamente un desarrollo, un destino definido de una vez para siempre. Los ajustes impuestos sin cesar por las necesidades de la adaptación a situaciones nuevas e imprevistas, pueden determinar transformaciones durables del habitus, pero que permanecen dentro de ciertos límites; entre otras razones porque el habitus define la percepción de la situación que lo determina.
Queda claro, entonces, desde esta interpretación, que la construcción de subjetividad social no depende sólo de una intencionalidad determinada de los agentes sociales, institucionalizados o no sino, de un lado, o de complicados diseños de estructuras organizativas e instituciones, relaciones, tradiciones y normas instituidas históricamente en la sociedad, por otro.
Las prácticas discursivas instituyen subjetividades. [4] Más, no se trata de un proceso directo y puntual, sino de una complejidad que aborda diversos modos de identificación y múltiples relaciones. Dichas prácticas generadas en diferentes espacios sociales, ponen en juego en los sujetos estrategias de apropiación de lo simbólico. Los efectos de tal apropiación en lo singular dependen de las representaciones ofrecidas y de los diferentes factores de intermediación. Tanto el sujeto como la subjetividad se producen y reproducen, se hacen y deshacen entre los otros, por los otros, con o contra los otros. Son los grupos a los que el sujeto pertenece quienes brindan las condiciones que permitirán el trabajo singular de ligadura, inscripción y transmisión; son los que denominamos "factores de intermediación".
Lo característico de dichos intercambios es que se dan mediatizados por el lenguaje. Es éste el que permite la articulación fenoménica y conceptual.
Para Leontiev, lo que caracteriza sobre todo la asimilación o la apropiación de la cultura es el hecho de que crea en el hombre nuevas aptitudes, nuevas funciones intelectuales. La asimilación es para el hombre un proceso de reproducción, en las aptitudes del individuo, de las propiedades y aptitudes históricamente formadas en la especie humana.
Pero esta asimilación no se realiza por el mero contacto con los objetos o herramientas del mundo circundante sino que requiere de la comunicación con los otros hombres. La relación del individuo con el mundo está siempre mediatizada por las relaciones con otros hombres, por ello, la comunicación es la condición necesaria y específica de la vida del hombre en sociedad.
Este proceso de asimilación, que requiere de la educación, es fundamental para la transmisión de las adquisiciones del desarrollo social e histórico de la humanidad a las generaciones siguientes así como para la continuidad de la historia. El progreso de la historia es, por lo tanto, imposible sin la transmisión activa de las adquisiciones de la cultura humana a las generaciones nuevas; es imposible sin la educación. (Leontiev; 1966)
[1] Tapia Balladares, Napoleón en Psicologia del desarrollo en el estudio de la identidad y la subjetivación en La adolescencia .(Individuo Y Orden Social). Publicación: Revista de Ciencias Sociales. Universidad de Costa Rica. Vol IV Nº 94 del 01/06/ 2001
La subjetividad y la complejidad. Procesos de construcción y transformación individual y social. En Problemas sociales de la complejidad. CIPS, Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas, La Habana, Cuba. 2004